Capítulo 25
El humo del cigarrillo de Donatello se arremolinaba en el aire denso de su oficina, dibujando figuras fantasmales que parecían burlarse de su cordura. No podía quitársela de la cabeza. Esa joven, Yestin, era un eco viviente de un pasado que él mismo se había encargado de enterrar bajo capas de frialdad y violencia. La mandíbula se le tensó al recordar cada detalle: los pómulos sutiles, los labios finos que guardaban secretos y, por encima de todo, esos ojos cafés claros. Eran los ojos de Alma Va