Yestin sentía la mirada de cada hombre presente como una presión física sobre sus hombros. Sus pies descalzos y sucios dolían contra el pavimento frío, pero el dolor era secundario comparado con el torbellino de pánico en su pecho. Miró a Castiel de reojo. Él seguía allí, de pie entre los cadáveres de los hombres que acababa de aniquilar con una frialdad inhumana.
¿Qué opciones tenía? Si negaba el vínculo, se convertía en una extraña, en un cabo suelto para un hombre que acababa de demostrar qu