Castiel no respondió de inmediato. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó la comisura de sus labios; no era una burla cruel, sino la reacción de alguien que se sabe descubierto en su propia naturaleza. Se tomó un momento, acomodando el peso de su cuerpo con una elegancia que a ella le resultaba insultante.
—Creo que sabes bien que no soy para nada un santo —expresó él con una calma que erizaba la piel—. He tenido a muchas mujeres. Para ser más específico, a todas y cada una de las que