El silencio en la oficina de Donatello era tan denso que casi podía palparse. Sobre el escritorio de caoba, los papeles de los resultados médicos parecían brillar bajo la luz artificial, revelando una verdad que Jaime, el hombre de confianza, jamás esperó presenciar.
—Me alegro por usted, señor —murmuró Jaime, rompiendo el hechizo de incredulidad. Su voz, usualmente monótona y profesional, dejó escapar un matiz de genuina calidez—. Verlo sonreír así... después de tanto tiempo, después de todo