—¿Quién es? —preguntó ella, su voz apenas un susurro que cortó el aire cargado de la habitación.
Castiel se detuvo con la mano en el pomo, sintiendo el peso del dispositivo vibrando entre sus dedos. Por un segundo, el instinto de siempre, ese mecanismo de defensa que lo había convertido en un hombre de piedra, estuvo a punto de dictar su respuesta. Quería soltar un comentario mordaz, algo que le recordara a Yestin que su privacidad no era asunto suyo. Pero entonces, cometió el error de mirarla.