El eco de las botas de Jaime contra el suelo de mármol del refugio resonaba como disparos en los pasillos vacíos. No era solo la prisa; era el peso de la información lo que lo hacía correr. A su paso, los guardias apostados en las esquinas ni siquiera se molestaron en pedirle identificación. Lo conocían bien: Jaime era la sombra de Donatello, y si la sombra corría, era porque el sol del imperio estaba a punto de oscurecerse... o de brillar con una luz nueva y peligrosa.
Al llegar a la imponente