La noche no fue amable con Leonardo. A su edad, el silencio suele ser un compañero pesado, pero esa madrugada el silencio fue inexistente. Se quedó en vela, con la espalda apoyada en el respaldo de su sillón orejero, escuchando. Los muros de la mansión eran gruesos, pero su oído, entrenado por décadas de vigilancia y desconfianza, captaba cada crujido, cada jadeo rítmico que provenía de la habitación de los recién casados.
Cerró los ojos y, por un instante, el peso de los años se evaporó. Se vi