Iván se puso rígido de golpe.
Raina supo de inmediato que le había atinado: ese hombre lo sabía todo y, aun así, prefirió guardárselo.
—No todo en esta vida se arregla con un "perdón" —soltó ella, dándole un empujón con todas sus fuerzas.
Esta vez Iván no puso resistencia. Se fue hacia atrás hasta que su espalda pegó contra la pared con un golpe seco.
Un rayo de luna le iluminaba la cara, que se veía pálida, casi desencajada.
Raina nunca lo había visto así. El gran Iván Herrera, el hombre que