Iván la vio. Celia estaba ahí, empapada en sudor, con el pelo pegado a la cara y los moretones asomándose por la ropa.
Era la viva imagen de la fragilidad, de esas que despiertan una lástima casi instintiva.
Robert se le fue encima a la enfermera:
—¿Por qué no la cambiaron antes de traerla? Le puede dar un aire. Tiene las defensas por los suelos y si se nos enferma, ¿luego qué hacemos?
La enfermera agachó la cabeza, toda apenada.
—Es que la señorita Merino se puso terca con que ya quería venir