¡Así de fácil! Nelson ya la estaba reconociendo como su hija sin necesidad de pruebas. Qué cinismo.
O mejor dicho, qué bien le había caído esa bofetada. Resultó ser más efectiva que cualquier examen de sangre. Pero a Raina no le hacía ni pizca de gracia.
—Qué pena me da, pero nosotros no tenemos absolutamente nada que ver —sentenció ella. Un padre así no lo quería ni regalado.
Marta, que seguía con el rostro empapado en lágrimas y esa cara de mártir, no pudo aguantarse más:
—Señor Fonseca, ¿qu