Desde el día de la boda, esa mocosa ya había dejado claro que no la quería ahí. Y por lo visto, hoy seguía en las mismas.
A Raina, en realidad, no le hacía falta tomárselo tan a pecho.
Al fin y al cabo, en este mundo nadie odia ni quiere porque sí.
De pronto le picó la curiosidad: en toda la familia Herrera la trataban con guante de seda, ¿cómo era que justo esa chiquilla la tenía entre ceja y ceja?
Como no tenía nada urgente que hacer, decidió que podía perder un rato midiéndose con ella. Con