—Raina, ¿de verdad eres tú?
La voz le dio de frente, sacándola de sus pensamientos. Una mujer de cabello entrecano se detuvo a unos pasos, con una mezcla de asombro y alegría pintada en la cara.
Raina, que se había quedado tiesa como una tabla, sintió cómo la tensión empezaba a cederle poco a poco, aunque el nudo en la garganta no la dejaba articular palabra.
—Rita... —alcanzó a decir apenas.
—Soy yo. Pensé que ya ni te acordarías de mí —dijo Rita, tendiéndole la mano, con esa postura firme que