No sé quién le avisó, pero no pasaron ni veinte minutos y ya se estaba metiendo a la fuerza en la sala.
Venía con un suéter negro de cuello alto y traía todo el frío de la calle encima.
—¿Estás bien? —le preguntó Iván, ignorando por completo a los policías. Se arrodilló frente a Raina y, con un movimiento instintivo, abrió su chaqueta para verificar que no tuviera heridas. Su tensión era palpable.
Lo hizo con tanta seguridad, como si ella fuera suya, que los oficiales se quedaron callados por un