La mañana llegó con un sol brillante que contrastaba cruelmente con el ambiente pesado de la casa. Valeria había pasado la noche en vela, dando vueltas en la cama mientras Diego fingía dormir a su lado. Ninguno de los dos había encontrado las palabras adecuadas para consolar al otro.
En la cocina, el desayuno estaba servido: huevos revueltos, pan tostado y jugo de naranja. Un intento desesperado de normalidad. Mateo y Emma comían en silencio, lanzando miradas furtivas hacia las escaleras. Lucas