Lucas despertó con un peso en el pecho que no desaparecía. La carta de su padre seguía arrugada entre sus dedos. La guardó con cuidado en la caja de madera y bajó a desayunar. Víctor ya estaba en la mesa, revisando correos en su tablet. Isabel no había bajado aún.
—Buenos días —dijo Víctor sin levantar la vista—. ¿Dormiste mejor?
—No mucho.
Víctor dejó la tablet y lo miró con atención.
—Lucas, quiero disculparme otra vez por lo de ayer. No debí hablarte de esa forma. Eres un niño y estás en una