El silencio en la casa era tan denso que parecía tener peso propio. Valeria seguía apoyada en la mesa de la cocina, con la mirada perdida en el suelo. Las palabras de Lucas resonaban una y otra vez en su cabeza: “Le dije que sí”.
Diego no se había movido. Tenía los puños apretados a los costados del cuerpo y la mandíbula tan tensa que le dolía. Miraba a su hijo como si estuviera viendo a un extraño.
—¿Cómo pudiste hacer esto sin hablarlo primero con nosotros? —preguntó Diego al fin, con la voz