Lucas se sintió más ligero después de hablar con Víctor, como si se hubiera quitado un peso enorme del pecho. Pero esa ligereza duró poco. Apenas había pasado una hora cuando recibió una videollamada de su abuela Isabel, quien lo invitó a tomar el té en el jardín trasero.
La anciana estaba sentada bajo una pérgola llena de enredaderas, con una mesa preparada con pasteles y té de jazmín. Su rostro se veía más cansado que de costumbre.
—Siéntate, mi niño —dijo con una sonrisa débil—. Quiero habla