Habían pasado dos años desde que Lucas Montenegro partió en paz.
La casa grande de Santo Domingo seguía siendo el corazón de la familia, aunque ahora tenía un silencio diferente, más respetuoso, más lleno de recuerdos. El sillón de la terraza permanecía vacío, como un altar silencioso que nadie se atrevía a ocupar. El mar seguía cantando su canción eterna, pero ahora parecía llevar consigo la voz de Lucas en cada ola.
Isabel, con setenta y seis años, era quien más tiempo pasaba en la casa. Se h