Lucas Montenegro tenía noventa y seis años y su cuerpo era apenas una sombra de lo que había sido. Su piel parecía papel fino, sus manos temblaban constantemente y su voz era solo un hilo suave que el viento se llevaba fácilmente. Sin embargo, su presencia seguía llenando cada rincón de la casa grande de Santo Domingo.
Era una mañana de mayo de 2076. El cielo estaba completamente despejado y el mar Caribe, por primera vez en mucho tiempo, estaba inusualmente calmado, como si también él estuvier