Lucas Montenegro había partido hacía seis años, pero su presencia seguía siendo palpable en cada rincón de la casa grande de Santo Domingo. El sillón de la terraza permanecía vacío, como un trono respetado por todos. Nadie se atrevía a sentarse en él. Era su lugar. Siempre lo sería.
Era una tarde de julio de 2074. Isabel, con setenta y cuatro años, estaba de pie en esa misma terraza, mirando el mar con los ojos húmedos. A su lado, Rafael, de setenta y dos, sostenía una taza de café que ya se ha