Lucas Rafael Montenegro tenía cincuenta y dos años y estaba de pie en la terraza de la casa grande de Santo Domingo, con su nieta mayor, Valeria, de dieciséis años, a su lado. El mar Caribe brillaba bajo el sol de la tarde, como siempre lo había hecho durante más de medio siglo de su vida. El viento traía el olor familiar a sal y a flores de cayena, y por un momento, Lucas Rafael sintió la presencia de su bisabuelo con tanta fuerza que casi pudo verlo sentado en el viejo sillón.
—Abuelo —dijo V