Lucas Rafael Montenegro tenía cuarenta y ocho años y estaba de pie en el balcón del apartamento que compartía con su familia en Madrid. Era una mañana fría de febrero de 2077. La ciudad se despertaba bajo un cielo gris, pero en su corazón había una calidez que ninguna temperatura podía apagar.
Su hija Lucía, de diecinueve años, estudiaba Arquitectura en la misma universidad donde él había estudiado. Su hijo menor, Diego, de dieciséis, jugaba fútbol en un equipo juvenil y soñaba con representar