Lucas Rafael Montenegro tenía cincuenta y ocho años y estaba sentado en la misma terraza donde su bisabuelo había pasado tantas tardes mirando el mar. El año era 2083. El Caribe seguía siendo el mismo: azul, eterno, testigo silencioso de generaciones enteras.
A su lado, su esposa Camila, de cincuenta y seis años, leía un libro en silencio. Sus hijos ya eran adultos con sus propias familias. Isabel, su hija mayor, de treinta y siete años, era madre de tres niños y dirigía un estudio de arquitect