Lucas Rafael Montenegro tenía treinta y cinco años y estaba de pie en la terraza principal de la casa grande de Santo Domingo, con su hija Lucía de ocho años tomada de la mano. El sol del atardecer teñía el mar de tonos dorados y rosados, como si el Caribe mismo celebrara el momento. A su lado, su esposa Camila observaba en silencio, con una sonrisa serena.
—Papá, ¿el bisabuelo Lucas está en el cielo? —preguntó Lucía, mirando el horizonte.
Lucas Rafael se agachó y la abrazó con ternura.
—Está e