Lucas Montenegro tenía cincuenta y cinco años y, por primera vez en décadas, sentía que el tiempo comenzaba a pesarle en los huesos.
Era una mañana de noviembre de 2060. Estaba sentado en el porche de la casa familiar en Santo Domingo, con una taza de café negro entre las manos. El mar Caribe se extendía frente a él, azul y eterno, como siempre. A su lado, Sofía dormitaba en una hamaca, con el cabello ya salpicado de canas pero aún hermosa.
Sus hijos ya no eran niños. Isabel, de treinta y cuatr