Lucas Montenegro tenía sesenta y ocho años y el cabello completamente blanco. Las arrugas surcaban su rostro como ríos de recuerdos, pero sus ojos seguían teniendo esa misma profundidad serena que lo acompañaba desde hacía décadas.
Era un atardecer de octubre en Santo Domingo. Estaba sentado en su sillón favorito en la terraza, con una manta ligera sobre las piernas aunque el clima era cálido. Sofía, su compañera de toda una vida, había fallecido dos años atrás. Desde entonces, Lucas pasaba muc