Los ojos de Sofía brillaban con una sonrisa, y en su voz se notaba una seguridad inquebrantable.
Al ver su actitud, Mariana se sintió aún más incómoda.
—¡Silvia, Mónica, vámonos! —dijo con el rostro tenso.
—Alto ahí.
La voz de Sofía se volvió fría, su mirada se clavó en ellas mientras decía:
—No recuerdo haberles dado permiso para irse.
—¡Sofía, ya no queremos discutir contigo! ¡¿Qué más quieres ahora?! —gritó Silvia con rabia.
Sofía bajó la mirada hacia el suelo, donde la comida se había derram