Cuando Sofía volteó, alcanzó a ver a Alejandro acercándose en su dirección.
Sus ojos se oscurecieron y, casi de inmediato, tomó la mano de Luna con la intención de marcharse.
—¡Sofía, te ordeno que te detengas! —la voz helada de Alejandro retumbó detrás de ellas.
Sofía no mostró la menor intención de parar; en cambio, fue Luna quien se encogió de miedo.
No entendía en qué momento Sofía había reunido el valor para seguir caminando incluso en una situación así.
Alejandro, acostumbrado ya a su res