—Suéltame.
La mirada de Alejandro era fría como el acero.
Ese desdén en sus ojos dejó a Mariana paralizada.
Y cuando lo vio disponerse a marcharse, corrió tras él de inmediato:
—Está bien, que no me quieras no importa, pero lo de la graduación lo tienes que arreglar por mí.
Las cejas de Alejandro se fruncieron con dureza.
—No puedo ser expulsada —insistió Mariana con voz terca—. Tú le prometiste a Felipe que siempre me protegerías. Si me expulsan, cualquiera podrá humillarme. Alejandro, crecimo