—La última vez te lancé a la cama, tu cintura, ¿no…?
—¡No, para nada!
Los ojos de Sofía se abrieron como dos campanas de bronce.
Por dentro repetía una y otra vez que qué atrevimiento, que si acaso Elías también pensaba ponerle pomada en la cintura.
Ante la mirada reacia de Sofía, Elías frunció el ceño.
Parecía no entender qué emoción quería expresar aquella mujer.
Para él, poner pomada era poner pomada, sin distinción de hombre o mujer.
Para Sofía, en cambio, una cosa era la acción y otra e