—¡Perfecto! Eso lo dijiste tú. ¿Quién necesita tu maldito cariño?
Alejandro ya estaba por darse la vuelta cuando la rabia le ganó y regresó a encarar a Sofía con voz helada:
—En esta ciudad basta con que yo mueva un dedo para que decenas de mujeres hagan fila para casarse conmigo. Sin ti, Sofía, sobran candidatas. No eres indispensable.
—Ese cuento ya lo entendí hace mucho, señor Rivera. No hace falta que me lo repitas cada vez.
Sofía rodó los ojos en silencio.
Como si el planeta dejara de girar sin Alejandro.
Su indiferencia solo encendió más la frustración de él, que al final no pudo hacer otra cosa que girarse con brusquedad y salir de la habitación.
Afuera, el secretario Javier había permanecido atento, temiendo que las cosas escalaran.
—Señor Rivera, respecto a la señorita Carmela…
—A la abuela le gusta mucho, ¿no? Pues elíjela a ella.
Su tono fue seco, distante.
El secretario lo miró incrédulo:
—¿Elegir a la señorita Carmela? ¿Y la señorita Mariana…?
Si Mariana se enteraba de que