En la comisura de los labios de Alejandro se dibujaba un rastro de frialdad.
Hacía apenas un instante había distinguido, con absoluta claridad, la silueta de una mujer idéntica a Sofía en aquel piso.
¿Y ahora pretendía que creyera que Sofía podía volar para escapar?
Justo cuando Alejandro se acercaba a la mesa, el secretario Javier llegó apresurado, con gesto de alarma.
—Rivera, la señora ya está aquí.
Al escucharlo, Alejandro se detuvo por un instante.
Mateo, en cambio, habló con parsimonia:
—Rivera, allá afuera dicen que tú y yo no nos soportamos. Pero al fin y al cabo, ambos somos figuras públicas en esta ciudad. Si lo que buscas es incomodarme, no necesitas inventar pretextos tan burdos. Vamos, que eso de reunirse a escondidas con la ex prometida resulta un escándalo demasiado vulgar, hasta gastado.
Las cejas de Alejandro se fruncieron con fuerza.
—Señor Rivera —intervino el secretario Javier—, la señora lo sigue esperando. Además, un conflicto con Ruiz aquí, no sería conveniente.