La reclusa levantó la mano, dispuesta a darle otra lección a Sofía Valdés, cuando a lo lejos tronó la voz de Alejandro:
—¡Alto!
La mujer se quedó helada. Giró la cabeza y vio al hombre de traje oscuro avanzar hacia ellas con el rostro endurecido.
El jefe de la estación corrió a abrir la reja para dejarlo entrar.
El interior de la celda era un paisaje de sangre y mechones de cabello en el suelo. Sofía yacía en un rincón, medio inconsciente. Su ropa estaba desgarrada, su cuerpo cubierto de moreton