Mientras tanto, en las oficinas de la empresa Rivera.
Ya pasaban de las nueve de la noche y en la sala de juntas nadie se atrevía a levantarse.
Desde que el director había regresado, mantenía un gesto sombrío y, aunque fingía escuchar, todos notaban que su mente estaba en otro lado.
Tras un largo silencio, el secretario Javier no pudo contenerse más.
—Señor Rivera… ya son las nueve.
Alejandro salió de su ensimismamiento, miró el reloj y comprobó que, en efecto, era tarde.
—Se acabó la reunión.