Al ver a Tomás hablar con semejante descaro, el señor Salvatierra estalló de inmediato.
—¡Mi hija jamás ha sufrido ni una humillación bajo mi techo! ¡Y hoy tú, Tomás Valdés, intentaste propasarte con ella! ¡No me pidas que respete los lazos entre nuestras familias!
Acto seguido, hizo una seña discreta a sus guardias personales.
En un abrir y cerrar de ojos, una porra eléctrica golpeó con fuerza la pierna de Tomás. El dolor fue tan intenso que cayó al suelo, gritando de agonía.
—¡Hijo mío!
Luisa