Sofía esbozó una sonrisa sutil.
Esta vez, le tocaba a ella sentarse en la primera fila y ver cómo se desarrollaba la farsa.
—Señor y señora Salvatierra.
Luisa ya había divisado desde lejos al presidente del Grupo Salvatierra, un hombre de peso en la ciudad, con una influencia tan sólida como inquebrantable. A su lado, Lidia Salvatierra, su hija, era la joya más preciada de esa corona empresarial.
Lidia pertenecía a esa clase de mujeres que parecían haber nacido con todas las cartas ganadoras: hi