—¡Sofía Valdés! ¡Todo esto es por tu culpa!
Aunque su rabia se desbordara, de poco le servía. Ahora que Alejandro le daba respaldo a Sofía, ella podía caminar con la cabeza bien alta por toda la ciudad como si le perteneciera.
No había pasado mucho cuando Luisa contestó la llamada de su hijo. Al llegar al lugar, lo encontró de pie, tambaleante y mugroso, en una calle lateral frente a la casa de los Rivera.
—¡Hijo! ¿Cómo pudiste terminar en este estado? —exclamó Luisa, horrorizada por el olor que