Al atardecer, el exterior del Hotel Real hervía de actividad.
El desfile incesante de coches de lujo, los neones resplandecientes que bordeaban la avenida… todo parecía un espectáculo de exceso y apariencias.
Cuando Sofía y Luna llegaron, la entrada ya estaba atestada de autos de alta gama. Los choferes de distintas familias acomodaban los vehículos con destreza antes de irse a esperar órdenes.
Ellas bajaron del coche, y uno de los conductores del hotel se encargó de estacionarlo con rapidez.
—V