Al ver que Sofía no solo no se resistía, sino que incluso parecía cooperar, el tipo no lo pensó más y se inclinó hacia ella, listo para abalanzarse.
Pero Sofía frunció los labios con desagrado.
—Ay… ¿por qué tan brusco? Me da pena que me vean… Mejor vamos atrás, ¿no? Para jugar más rico…
Sus ojos brillaban con un fulgor suave y enredador. Los tres ya estaban completamente hechizados, perdidos en su propio deseo como perros en celo. No sospechaban nada.
—Sí, sí, vamos atrás —dijo el más impacient