—Tía, él ya no es ningún niño. Es mayor de edad —soltó Sofía Valdés, con una calma tan afilada que le cortó el aliento a Luisa Jiménez.
—Y ya que estamos en eso —continuó, con voz firme—, déjame dejarlo claro de una vez por todas: no solo la casa está a mi nombre. La empresa también. Todo lo que dejó mi padre, salvo los cinco millones que les tocó y el derecho a vivir aquí, me pertenece. Nada más es suyo. Así que si vuelves a levantarme la voz, no me temblará la mano para sacarlos de aquí, madre