—¿Quién lo vio? —preguntó Elías con un tono de interés juguetón—. Me gustaría verlo con mis propios ojos.
En su mirada se dibujaba un brillo peligroso, una amenaza apenas contenida.
Ya fuera en el extranjero o en esta ciudad, pocos se atrevían a ignorar el nombre de Elías.
Alejandro lo sabía bien. Incluso si mandaban llamar ahora mismo a Lola, ni ella se atrevería a señalar con el dedo a Sofía y a Elías por haber entrado juntos a un hotel.
A su lado, el secretario Javier se acercó y murmuró:
—Se