—Señor Rivera…
—¡Conduce!
—…Sí, señor.
El secretario no se atrevió a decir una palabra más.
Al detenerse frente al hotel, Alejandro bajó del auto casi al instante.
El personal del hotel, al verlo, se aproximó con cortesía.
—Señor Rivera, ¿en qué puedo ayudarle?
—¡Fuera!
La orden resonó como un balde de agua fría. Los empleados retrocedieron, sorprendidos.
Javier caminó a su lado con paso firme:
—La señorita está en el tercer piso, habitación 8302.
En el elevador, Alejandro comenzó a buscar el nú