—Al menos te acuerdas de llamar a tu madre. ¡Aunque de ti qué se espera! Siempre has sido intermitente, peor que un semáforo.
El sermón de Agatha Sinclair, su madre, fluyó en sus oídos mientras sus ojos chocolate deambulaban por el ordenado desorden de su habitación. Una calma inquietante, casi aburrida, en su rostro. Mientras tanto, se acostó de espaldas en su cama con el teléfono en altavoz junto a su cabeza.
En el fondo, se reprodujo una canción de ritmo lento.
Ya había pasado una semana des