—Mamá...
Ella refunfuñó, retorciéndose entre las sábanas. Todo era tan cómodo. Tan suave.
—¿Mamá?
Alessa abrió un ojo de mala gana.
—¿Mami, me escuchas? ¿Estás despierta? Tía Sophia quiere que me vaya a dormir temprano, pero le dije que me dejaste hasta un poquito más tarde para compartir.
La voz de un niño pelinegro y de ojos café (de unos cinco años) provenía de un lugar no muy lejano: la puerta de su habitación en la mansión.
Alessa parpadeó adormilada ante la imagen delante de ella sol