La cercanía de Reynolds ciertamente la puso nerviosa, porque para ser tan grande y serio, su acción la pilló desprevenida.
—¿De veras no tiene que volver? —cuestionó suspicaz.
—El señor Gold me encargó de usted, y todavía no me ha dicho que deje de hacerlo.
Las mejillas de la pelirroja combinaron con su cabello. La audacia del guardaespaldas era... una cosa de otro mundo.
—Pues tranquilo, hasta aquí llego. —Alessa señaló el bloque de apartamentos con la barbilla—. Gracias por acompañarme. En se