La mañana en Moscú que seguia avanzando tenía un matiz extraño. El aire era pesado, como si la ciudad estuviera sosteniendo un secreto que no se atrevía a revelar. El cielo, cubierto de un gris opaco, parecía vigilar en silencio cada movimiento. Las calles bulliciosas que solían latir con prisa se habían vuelto diferentes: menos ruido, más miradas contenidas, un murmullo enrarecido que recorría cada esquina. Era como si la ciudad, o quizás toda Rusia, estuviera conteniendo la respiración.
Alexa