La ciudad se cubría de sombras a medida que la noche caía sobre Moscú. El aire tenía un peso extraño, como si el silencio supiera lo que se avecinaba. Bajo las luces tenues de un callejón en el barrio industrial, varios hombres armados esperaban en sus posiciones. Nadie hablaba. Nadie osaba romper la tensión. Todos sabían quién estaba por llegar.
Un rugido lejano anunció el arribo del jefe. El rugido de un Mercedes-Benz blindado con vidrios oscuros, que se detuvo en seco frente al almacén. La