La noche en Tokio había convertido las calles en cintas brillantes que se enroscaban hasta el infinito. En un club discreto del barrio de Roppongi, Raship permanecía en la penumbra, acompañado por dos hombres que le servían de sombra. No hablaba en voz alta; su atención estaba concentrada en la pantalla de su tablet, donde una foto borrosa mostraba a una mujer de perfil en una suite, la ciudad a sus pies. Al verla, la mandíbula de Raship se tensó.
—¿Quién es? —preguntó sin apartar la vista del cristal.
—Es la mujer que está con Baranov —respondió su hombre de confianza, con cautela—. La han identificado por registros cruzados. Es Alexandra Morgan.
El nombre lo atravesó como una ficha lanzada al tablero. Sus ojos, ya de por sí oscuros, adquirieron un brillo cortante. Alexandra Morgan. La mujer que había sido presentada por los círculos del poder como la prometida de Baranov. En su mente se dibujó una imagen inmediata: ella entre las manos del otro, envuelta en la sombra del imperio rus