La noche en Tokio había convertido las calles en cintas brillantes que se enroscaban hasta el infinito. En un club discreto del barrio de Roppongi, Raship permanecía en la penumbra, acompañado por dos hombres que le servían de sombra. No hablaba en voz alta; su atención estaba concentrada en la pantalla de su tablet, donde una foto borrosa mostraba a una mujer de perfil en una suite, la ciudad a sus pies. Al verla, la mandíbula de Raship se tensó.
—¿Quién es? —preguntó sin apartar la vista del