El vehículo blindado atravesó los portones de hierro de la Residencia Baranov a toda velocidad. Las luces del amanecer apenas comenzaban a asomarse, y el silencio que cubría la inmensa mansión solo era interrumpido por el eco de los neumáticos desgarrando el suelo húmedo. Sin esperar a que alguien abriera la puerta, Mikhail descendió del coche y se adentró en el vestíbulo con pasos decididos, agresivos.
Su abrigo negro ondeaba tras él como la sombra de un cuervo dispuesto a desgarrar el mundo