RUSIA
Mikhail Baranov despertó con un sobresalto.
El sudor cubría su frente, empapaba el cuello de su camisa, y el aire parecía no bastarle. Por un instante, el hombre que controlaba imperios sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies. Su respiración era un jadeo áspero, desordenado, como si la realidad misma lo hubiera expulsado de un abismo de horror.
Tardó varios segundos en comprender que estaba en su habitación, en la Villa de Moscú, no en aquella cámara funeraria donde el rostro hel